El fin de una determinada idea de Europa

Pau Solanilla | 23 de mayo de 2011

El fin de una determinada idea de Europa
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Pau Solanilla

por Pau Solanilla

Desde que irrumpió en 2008 la crisis financiera mundial, el proyecto europeo ha sido tan castigado en todas sus vertientes que apenas es reconocible. Atrás queda, como parte de la historia, el fallido proyecto de Constitución europea y, aunque buena parte fue rescatado por el Tratado de Lisboa, el europeísmo que inspiró aquel ambicioso texto ha dejado de ser el eje de la vida política de la UE.

Vivimos hoy inmersos en un escenario multicrisis que nos desborda: una crisis financiera que ha provocado otra económica y que han abocado a media Europa a una profunda crisis social, con tres países periféricos -Grecia, Irlanda y Portugal- en la UVI y otros como España, Bélgica o Italia esforzándose por no caer en el pozo. Una crisis que a punto ha estado de llevarse por delante al buque insignia del proyecto europeo, el euro, y que ha destapado la caja de los truenos, con el auge en el continente de la extrema derecha y del populismo ante la falta de respuestas, liderazgo y visión de los líderes.

A ello hay que sumar la crisis geopolítica causada por las revueltas en el mundo árabe, que han cogido a las instituciones europeas y a los gobiernos fuera de juego y puesto en evidencia su patética incapacidad para reaccionar más allá de unas declaraciones tan bien intencionadas como irrelevantes, y de embarcarnos en una intervención militar sin una estrategia ni de entrada ni de salida que nos va a costar muchos disgustos.

Uno de esos efectos colaterales no deseados ya se ha producido y es, ni más ni menos, la limitación de una de las cuatro libertades fundamentales de la UE, la libre circulación. El despacho por parte de Italia de permisos temporales a inmigrantes tunecinos para enviarlos a otros países, principalmente Francia, ha dinamitado uno de los logros más brillantes de la UE, el espacio Schengen. En un lamentable acto de sumisión política a las capitales, Barroso y su comisaria Mälstrom se han aprestado a poner una propuesta encima de la mesa para limitar -de forma temporal, dicen, y en casos graves- la libre circulación de personas.

Así pues vivimos tiempos de confusión en Europa, en medio del “cabreo” y la frustración de muchos ciudadanos que ven cómo el proyecto europeo ha sido castigado por los efectos devastadores del individualismo, las terapias ultra-liberales y el “laissez-faire” de los Estados y de unas instituciones disminuidas.

¿La consecuencia? El impasse político en el que se halla la UE. Una situación de bloqueo a la que contribuyen de manera especialmente insidiosa aquellos que defienden “más Europa” pero que no dudan en debilitar la legitimidad de sus instituciones, exigiendo por un lado a la UE que reaccione a los grandes desafíos del siglo XXI, y por otro no permitiendo desplegar los instrumentos necesarios para hacerlo, entre ellos un presupuesto en condiciones. A la Unión Europea la hemos inscrito a una carrera de velocidad pero corriendo con una sola pierna, a la pata coja.

Al limitar, entre unos y otros, los mecanismos de toma de decisión política y de solidaridad, estamos aplicando una eutanasia lenta pero certera a la Europa política y social. Y lo dramático es que al otear el horizonte, uno no atisba a vislumbrar liderazgo individual o colectivo alguno capaz de generar la suficiente ilusión y esperanza para cambiar de signo. Europa y sus líderes se mueven entre la urgencia del momento y la dura realidad de sus incapacidades.

Europa es hoy un continente políticamente triste que necesita de nuevas dosis de visión y de pasión. Lo expresó de forma clara en 2009 Felipe González: “Parece que en el viejo continente, europeos somos todos, pero europeístas somos menos, incluso parece que cada vez menos”.

Quizás asistimos -y ojalá me equivoque- al fin de una determinada idea de Europa, la de los padres fundadores. La que emerge es distinta, pero no genera pasión ni esperanza.