La eurodiputada socialista María Muñiz de Urquiza es colaboradora del espacio Euroblog.
por María Muñiz de Urquiza (eurodiputada S&D)
Kissinger, secretario de Estado estadounidense entre 1973 y 1977, definía el mundo de su tiempo de guerra fría como militarmente bipolar, económicamente unipolar y políticamente confuso.
Hoy, por mor de la globalización que implica la dispersión de los centros de poder y la gestión colectiva de problemas comunes, el orden internacional es multipolar en todos los ámbitos y políticamente complejo.
En este escenario multipolar, algunas organizaciones internacionales tradicionales devienen obsoletas, se plantea la reforma de otras, y surgen nuevos organismos y foros de diplomacia informal. Un contexto cambiante en el que se plantea un doble debate.
Por una parte, la necesidad de adaptación de los organismos internacionales multilaterales, para que reflejen más fidedignamente la redistribución del poder en el mundo globalizado, tanto en lo que se refiere al peso de las economías emergentes -se espera que en 2014 los cuatro gigantes China, Rusia, India y Brasil representen el 61% del crecimiento mundial- como a la justa representación de otros países y grupos de países que si no son económicamente relevantes, sí lo son desde otras perspectivas de la globalización y deben tener un reconocimiento político.
Por otra, la redefinición urgente del papel de la UE que, con el Tratado de Lisboa, cuenta con personalidad jurídica internacional y con nuevos instrumentos para desarrollar una política exterior propia que requiere, además de voluntad política, la racionalización y actualización de la representación de la UE en cada uno de los 249 tratados multilaterales de los que es parte.
La fragmentación, dispersión y heterogeneidad de la representación internacional de la UE, determinadas en buena medida por la complejidad del reparto competencial en la UE entre los Estados miembros y las instituciones comunitarias, se visualizan en algunos debates recientes. Un ejemplo es el de la representación de la UE en los organismos financieros multilaterales, como el proceso de sustitución de Strauss Khan al frente del FMI "por un(a) europeo(a), por supuesto". También se puede apreciar la solidez de las posiciones de la UE en Naciones Unidas, cuestionada por las reticencias de algún miembro europeo del Consejo de Seguridad de la ONU para apoyar la decisión de los 27 sobre Libia, y fortalecida, por otra parte, con la aprobación el 3 de mayo de la resolución 1973 de la Asamblea General de la ONU reconociendo a la UE como tal su capacidad para participar en los trabajos de ese organismo.
En el caso del FMI, sería lógico que el Banco Central Europeo, que tiene la competencia exclusiva de la política monetaria de los países de la zona euro, fuera miembro del FMI. Sin embargo su status es de observador mientras que algunos Estados de la eurozona son miembros individuales y otros forman parte de circunscripciones de varios países. España por ejemplo se agrupa con algunos países latinoamericanos, lo que, unido a la reivindicación de una mayor presencia de las economías emergentes en las instituciones financieras internacionales, ha dado pie a que se plantee el apoyo de España a la candidatura de un director gerente latinoamericano, contra la tradición de que el FMI lo dirija un europeo y el Banco Mundial un estadounidense.
Esta situación limita la capacidad de influencia de la UE a pesar de que sus Estados miembros representan más del 30% de los votos del FMI, y la falta de voluntad política para solucionarla contradice su vocación de desempeñar un papel relevante en la gobernanza económica global. La necesidad de racionalización es evidente y así lo plantea el Parlamento Europeo: en la elección del directorio del FMI de 2012, la UE debería estar representada en dos circunscripciones europeas: una para los miembros de la zona euro presidida por el BCE y otra para el resto de los 27.
Una situación similar se plantea en relación con el Banco Mundial, a cuyos fondos de desarrollo la UE contribuye más que sus Estados miembros, pero donde no tiene ningún status, ni siquiera como observador. Representan las posiciones de la UE la Presidencia rotatoria del Consejo, a pesar de que el Tratado de Lisboa ha desposeído a la presidencia rotatoria de toda capacidad de representación internacional de la UE.
La adecuación al Tratado de Lisboa ha conducido a la modificación de la representación de la UE en la Asamblea general de la ONU. Hasta ahora las posiciones de la UE las expresaba el representante del Estado que ostentaba la presidencia rotatoria de la UE. Como se ha señalado, con la aprobación de la resolución 1973, la UE puede participar como tal en los trabajos de la Asamblea: la UE mantiene un estatus de observador, pero la Alta representante para la política exterior o el Presidente del Consejo Europeo ya pueden, en nombre de la UE, hacer uso de la palabra, presentar propuestas, plantear enmiendas y circular documentos.
En el Consejo de Seguridad la situación es más sencilla en el corto plazo, porque es posible que la UE (la Alta representante) exprese las posiciones de los miembros europeos del Consejo; pero más compleja en el largo plazo, porque no hay una posición común entre los Estados miembros de la UE sobre cómo debería orientarse la reforma del mismo Consejo de Seguridad y de sus métodos de trabajo (su ampliación a otros miembros permanentes o no, la eliminación del derecho de veto) reclamada de manera recurrente desde varios frentes.
La aspiración expresada por el PE es a una plaza para la UE en un Consejo de Seguridad ampliado. En todo caso, el Tratado de Lisboa es claro sobre el deber de los estados miembros de la UE que son también miembros del Consejo de Seguridad deben defender en este foro las posiciones comunes acordadas en el seno de la UE, aunque no siempre ha sido así.
En definitiva, desde su compromiso con el multilateralismo activo, es urgente para la UE redefinir, racionalizar y actualizar su representación en las organizaciones internacionales, si quiere responder a su aspiración y su deber de desempeñar un papel relevante en la gobernanza global.






