Jaume Duch Guillot, director de medios de comunicación y portavoz del Parlamento Europeo.
Por Jaume Duch
Tras una interrupción estival de apenas un mes, el Parlamento Europeo ha iniciado el nuevo curso parlamentario con especial intensidad. La vuelta de los eurodiputados ha venido marcada por la preocupación y la incertidumbre, al término de un agosto de sobresaltos para la economía y las finanzas de la Union Europea.
La primera sesión plenaria de septiembre, recién concluida, también ha girado lógicamente en torno a este tema. En el hemiciclo, a través de un debate con el presidente de la Comisión, Jose Manuel Barroso, en el que la mayor parte de los grupos coincidió en que la única receta válida para salir de la crisis es avanzar en el proceso de integración europea: más Europa, menos crisis. Y en los pasillos, a través de las negociaciones para cerrar con los gobiernos un acuerdo en torno al paquete de medidas legislativas que otorgarán a la Comisión Europa competencias reales a la hora de supervisar y controlar el presupuesto, la política fiscal y el endeudamiento de los Estados miembros.
Repasando las intervenciones de muchos diputados es fácil percibir que la peocupación va más allá de la crisis económica. Desde que se inició la construcción europea en numerosas ocasiones hemos leído u oído decir que Europa se encontraba en la encrucijada. Que había llegado el momento de elegir entre varias opciones y de decidir de una vez por todas si se quería construir una verdadera comunidad supranacional o un simple mercado. Al contrario que en otras ocasiones, la de ahora sí parece ser la hora de la verdad, o al menos este es el sentimiento predominante en los pasillos del Parlamento Europeo. La crisis ha puesto a la UE ante una verdadera tesitura: avanzar o retroceder, sin posibilidad de quedarse donde está. Y las próximas semanas y meses serán claves. Si ha quedado meridianamente claro que una moneda común requiere de una verdadera unión económica y fiscal o bien nos dotamos de éstas o bien se hará imposible mantener la primera.
En realidad, la Unión de hoy ya no es la misma del verano de 2009, cuando la crisis empezó a hacerse palpable. En estos dos años se ha transformado rápidamente, adoptando medidas de coordinación económica hasta hace poco inimaginables, creando un fondo europeo de rescate o encontrando la manera de salvar a Grecia, Irlanda y Portugal de una anunciada bancarrota.
Pero no parece que esas medidas sean suficientes. Son cada vez más numerosos los eurodiputados convencidos de que hace falta una coordinación económica más estrecha, también en el ámbito fiscal. La emisión de eurobonos, la creación de una agencia de calificación europea e incluso el nombramiento de un ministro europeo de finanzas ya no son temas tabúes, más bien todo lo contrario.
En algunas capitales se habla incluso de la necesidad de reformar el Tratado de la Unión, el mismo que se firmó en Lisboa con el convencimiento de que valdría para al menos quince o veinte años. El propio Barroso mencionó esa posibilidad al anunciar en el hemiciclo que la Comisión prepara ya un estudio sobre la posible introducción de los eurobonos.
Ese podría ser el momento de la verdad. En los últimos meses, en parte debido a las prisas provocadas por el comportamiento de los mercados, muchas de las medidas para atajar la crisis han sido tomadas por los gobiernos bajo la regla de la unanimidad, al márgen del procedimiento comunitario, sin apenas participación de la Comisión ni del Parlamento. Decisiones trabajosas y de corto recorrido. A nadie se le escapa que las únicas reglas que de verdad permitirán dotar a la Unión Europea de estructuras económicas y financieras sólidas serán aquellas que de verdad obliguen a los Gobiernos a respetar las directrices comunitarias, incluso cuando se trate de medidas de ajuste o procedimientos de sanción, sin necesidad de contar cada vez con el improbable acuerdo de todos y cada uno de los gobiernos de los veintisiete Estados miembros. Un procedimiento más eficaz, más transparente y sometido al control parlamentario.
En los próximos meses habrá de decidirse también con cuánto dinero contará la UE en los próximos años, un tema abonado a la demagogia fácil. De lo que se acuerde dependerá en gran parte que la capacidad de acción de la Unión sea mayor o menor que la actual.
Dos temas clave para un curso parlamentario que se anuncia crucial para el futuro de la Unión Europea.






