Pau Solanilla
Por Pau Solanilla
Tres años han pasado ya desde aquel fatídico 15 de septiembre de 2008 en el que el mundo se sacudió ante la quiebra de Lehman & Brothers y padeció un “tsunami financiero” que fue contaminando a la velocidad de la luz el complejo mundo de las finanzas internacionales que nos está costando literalmente “sangre, sudor y lágrimas”. Sus efectos retardados y colaterales han convertido en un vía crucis la gestión del día a día de la mayoría de gobernantes europeos, que, ya sean de izquierdas o de derechas, están condenados a gestionar un “sistema económico y social de excepción permanente”.
La magnitud de la crisis y la incapacidad de respuesta constituye un verdadero descalabro y un enorme reto para el proyecto europeo. La UE está amenazada tanto desde dentro como desde afuera. La crisis de la eurozona es algo más que una crisis financiera y económica que se encauzará con duras medidas de ajuste y reducción del déficit público.
Es un reto para el que nuestros gobernantes, ya sean nacionales o europeos, no tienen un relato ni un plan de acción propio, más allá de los lugares comunes y las obviedades, que manosean, malmeten e improvisan en el nombre de Europa.
Otrora el nombre de Europa se asociaba a una comunidad de destino común. Era el horizonte que ilusionaba de forma mayoritaria a la sociedad. El proyecto europeo era una idea con contenido y continente. Hoy solo nos queda el continente. El contenido lo han ocupado palabras y sentimientos como crisis, falta de liderazgo, decadencia, desempleo, recortes sociales, temor e incertidumbre. Palabras que parecen bien enraizadas como las hierbas malignas, alimentando el populismo y los discursos proteccionistas, que rentabilizan el descontento social aunque sea a costa de coquetear con el racismo y la xenofobia. Ejemplos no faltan aquí y allí.
Somos conscientes de que las respuestas simples no son suficientes para responder y afrontar los problemas complejos. Pero debiéramos impedir que nuestros actuales gobernantes dejen de aplicar políticas chapuceras en nombre de la estabilidad y del futuro de la UE. El neo-liberalismo ha hecho saltar por los aires los lazos entre economía y sociedad, haciendo que las políticas nacionales hayan perdido una buena parte de su soberanía –quizás ya toda-. La UE está a merced de eso que se ha venido a llamar “los mercados”. Un sujeto que nadie sabe muy bien quién es y que no se presenta a ningunas elecciones. O quizás sí lo sabemos, porque buena parte de ellos son el grupito de inversores de Wall Street: el consejero delegado de Citigroup, John Havens; el presidente y consejero delegado de Prudential, Charles Lowrey; el consejero delegado de Blackrock, Laurent Fink; el presidente y consejero delegado de Paulson and Co., John Paulson; el director de mercados de renta libre de Morgan Stanley, Edward Pick; o el reconocido filántropo George Soros entre otros. Es ahí donde parece residir en buena parte la gobernanza económica mundial con la connivencia de las principales Agencias de Calificación anglosajonas Stardard&Poor’s, Moody’s o Fitch.
Mientras, la UE es incapaz de reconstituir una alternativa política y económica, más fruto de nuestras propias incapacidades que de los aciertos ajenos. El método intergubernmanetal está demostrando día a día que está obsoleto y caduco, y su lentitud y falta de consenso corre el riesgo de producir un desastre económico y social en la UE. Es la hora de la voluntad y el liderazgo, no de las decisiones espasmódicas improvisadas y de los europeístas light y descafeinados.
Hemos de poner fin a estos insoportables rituales basados en la improvisación para articular una estrategia coherente e inclusiva para generar consensos que nos permitan abordar las reformas necesarias para enfrentar el futuro con garantías. No es posible ya seguir por la senda de los recortes y ajustes sin fin -porque nos lo impone Bruselas o Frankfort- sin un horizonte ni estrategia común, en el que los sacrificios de hoy y los beneficios de mañana sean compartidos. Necesitamos una nueva actitud que requiere creatividad, capacidad, coraje y humildad. Las ideas no se acreditan con discursos sino con acciones. Acciones audaces que requieren actuar y dejar de utilizar el nombre de Europa en vano.
Es por ello que la izquierda socialdemócrata tiene que volver a repensar las propuestas, pero sobre todo nuestra manera de hacer y explicar ¿Hay espacio para la esperanza?. Absolutamente sí. Willy Brandt, el legendario líder socialdemócrata alemán, definió el socialismo como la idea más joven del mundo y nos explicó su capacidad de hacer “nuevos inicios”. Eso es lo que necesitamos ahora, un nuevo inicio.” por reconstruir un proyecto colectivo capaz de ilusionar y movilizar todo el potencial transformador de la izquierda española con su riqueza de matices y pluralidad. Y eso no solo es deseable, sino posible y necesario.






